¿Cómo se regulan las  emociones desde el intestino?

¿Cómo se regulan las emociones desde el intestino?

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Spoiler: no todo está en tu cabeza. Mucho de lo que “sientes” tiene raíces, o al menos influencias fuertes en tu intestino.

Este blog es una exploración profunda del eje intestino-cerebro, la microbiota, la neuroinflamación y cómo, a través de una combinación de factores biológicos, sociales y ambientales, tus emociones emergen mucho antes de que las percibas como “pensamientos en tu mente”.

1. El intestino: mucho más que un tubo digestivo

Cuando piensas en tu intestino, lo más probable es que imagines digestión: descomponer alimentos, absorber nutrientes, eliminar residuos. Pero tu intestino es también un órgano sensorial, inmunológico y neuroendocrino con una enorme capacidad de comunicación:

 

 

1.1 El “segundo cerebro” y el sistema nervioso entérico (SNE)

 

El intestino está revestido por el sistema nervioso entérico (SNE), con decenas de millones de neuronas a menudo llamado el “cerebro del intestino”, que regula la motricidad gastrointestinal, las secreciones y responde a estímulos locales.

 

Aunque el SNE puede operar de forma semiindependiente, está en constante comunicación con el sistema nervioso central (SNC) a través de redes neuronales (incluyendo el nervio vago) y sistemas de señalización química.

 

Este sistema entérico incluye también células gliales entéricas, que modulan la comunicación entre neuronas del intestino, median mecanismos de dolor visceral y regulan la inmunidad local.  

 

 

1.2 Producción local de moléculas neuroactivas

 

El intestino no solo responde: produce neurotransmisores o precursores críticos, como serotonina, dopamina, GABA, acetilcolina, histamina. Una gran proporción de la serotonina corporal se produce en células enteroendocrinas en el tracto digestivo.  

 

Estas moléculas pueden actuar localmente sobre neuronas entéricas, modular células inmunes o entrar en la circulación para ejercer efectos sistémicos.

 

1.3 Capacidad sensorial e interocepción

 

 

El intestino participa en la interocepción, es decir, la percepción del estado interno del organismo: qué tan “lleno” estás, distensión, dolor, señales químicas, inflamación.

 

En neurociencia se postula que esta interocepción forma parte del “mapa interno corporal” que el cerebro construye para interpretar sensaciones, emociones y estados internos.  

 

De hecho, algunos experimentos sugieren que las neuronas sensoriales intestinales pueden responder directamente a metabolitos microbianos y enviar señales rápidas al cerebro.  

 

 

 

2. El eje intestino-cerebro: una red de comunicación bidireccional

 

El concepto de eje intestino-cerebro (o microbiota-intestino-cerebro) surge de la idea de que no solo el cerebro “manda” al intestino, sino que el intestino le envía señales al cerebro.

 

 

2.1 Componentes del eje

El eje comprende múltiples caminos de comunicación interconectados:

Neural: principalmente vía el nervio vago (eferente y aferente) y fibras entéricas que transmiten señales sensoriales.

 

Inmunológico: las células de la mucosa intestinal, células inmunes locales, producción de citoquinas, y la activación sistémica del sistema inmune median la señalización con el CNS.

 

Endocrino y neuroendocrino: hormonas intestinales como GLP-1, PYY, ghrelina, colecistoquinina (CCK), entre otras, actúan como mensajeros que modulan apetito, metabolismo y señales al cerebro.

 

Metabólico / microbiota: metabolitos microbianos, como ácidos grasos de cadena corta (SCFAs: butirato, propionato, acetato), ácidos biliares secundarios, compuestos derivados del triptófano, metabolitos fenólicos, entre otros, cruzan la barrera intestinal y actúan localmente o a distancia.  

 

Eje HPA (hipotálamo-pituitaria-adrenal): el estrés actúa sobre este eje, que regula cortisol y adrenalina, modulando tanto el cerebro como la función intestinal. La activación crónica puede retroalimentarse hacia el intestino, afectando la microbiota y la permeabilidad.  

 

 

2.2 Feedback y loops de regulación

 

La comunicación es no lineal y contiene múltiples loops de retroalimentación: el cerebro puede afectar la motilidad intestinal, la secreción luminal y la permeabilidad, moldeando el hábitat microbiano.  

 

Por ejemplo: ante estrés psicológico, el cerebro libera señales (como noradrenalina) que pueden alterar la motilidad intestinal o estimular la proliferación de patógenos intestinales.  

 

En condiciones de disbiosis o alteración microbiana, los metabolitos y citoquinas liberadas pueden retroalimentar señales inflamatorias al cerebro, exacerbando la activación del eje HPA y perpetuando un ciclo de “estrés → intestino alterado → señales negativas al cerebro → más estrés”. Algunos modelos matemáticos lo plantean como un circuito de señal molecular cerrado que, bajo estrés prolongado, puede entrar en un estado patológico de “hipercortisolismo sostenido”.  

 

 

2.3 Evidencia experimental

 

En modelos animales “libres de gérmenes” (germ-free), ratones sin microbiota externa presentan respuestas exageradas al estrés (hiperactivación del eje HPA) comparado con ratones normales; si se les trasplanta microbiota saludable, ese exceso de respuesta se atenúa. Esto es una prueba de la influencia microbiana sobre respuestas al estrés.  

 

Ensayos en humanos son más limitados, pero algunos estudios de probióticos o prebióticos han mostrado efectos modestos en el estado de ánimo, biomarcadores de estrés o funcionalidad cerebral (aunque con resultados heterogéneos).  

 

En recientes revisiones recientes se propone que las funciones gliales, microglía y la integridad de la barrera hematoencefálica también se ven moduladas por la microbiota.  

 

 

3. Microbiota intestinal y emociones: mecanismo y evidencia

 

 

La microbiota intestinal es uno de los actores centrales en esta trama: actúa como “fábrica metabólica” y regulador inmune que puede “hablar” con tu cerebro.

 

3.1 Qué es la microbiota y su diversidad

 

En tu intestino hay billones de microorganismos (bacterias, hongos, virus, arqueas) que colectivamente constituyen la microbiota intestinal.

 

La diversidad (número de especies distintas y riqueza microbiana) y la evenness (distribución balanceada) se consideran indicadores de salud microbiana.

 

Una microbiota sana tiende a incluir muchas bacterias “beneficiosas” ,por ejemplo del género Lactobacillus, Bifidobacterium, Faecalibacterium, y repeler la sobreexpansión de especies potencialmente patógenas.

 

 

3.2 Producción de metabolitos bioactivos

 

SCFAs (ácidos grasos de cadena corta): producidos por la fermentación de fibras y carbohidratos no digeribles por bacterias beneficiosas. El butirato es clave para nutrir la mucosa intestinal, regular la inflamación local, reforzar la barrera intestinal y modular la función inmune.

 

Algunos SCFAs también pueden afectar la microglía del cerebro, la expresión génica epigenética o actuar como fuentes energéticas para células gliales.  

 

Metabolitos del triptófano: la microbiota metaboliza triptófano hacia rutas productoras de serotonina, quinurenina, indoles, etc. Las rutas que favorecen metabolitos neuroprotectores frente a rutas proinflamatorias pueden modular el riesgo de trastornos del ánimo.  

 

Ácidos biliares secundarios, compuestos fenólicos, ácidos grasos de cadena media y otros metabolitos microbianos pueden modular receptores del huésped y afectar tanto células intestinales como cerebrales.

 

 

3.3 Regulación inmunológica y barrera intestinal

 

La microbiota educa al sistema inmunológico local para mantener tolerancia (no reaccionar exageradamente a microorganismos comensales) y responder apropiadamente a patógenos.

 

 

En disbiosis, la integridad de la mucosa puede comprometerse (intestino permeable o “leaky gut”), permitiendo que moléculas como lipopolisacáridos (LPS) pasen a la circulación, desencadenando respuestas inflamatorias sistémicas.

 

Estas citoquinas proinflamatorias (IL-6, TNF-α, IL-1β, IL-17, etc.) pueden incidir en la barrera hematoencefálica, inducir activación microglial o alterar la neurotransmisión en regiones cerebrales relacionadas con el estado de ánimo.  

 

 

3.4 Efectos sobre morfología cerebral y plasticidad

Hay evidencia creciente de que la microbiota puede influir en neurogénesis (nacimiento de nuevas neuronas), crecimiento dendrítico, sinaptogénesis, mielinización, permeabilidad de la barrera hematoencefálica y estructuración del circuito neuronal.  

 

Estudios en modelos animales muestran que alterar la microbiota , por antibióticos, trasplante fecal o dietas desequilibradas,  puede inducir cambios en la corteza, el hipocampo y alteraciones en el comportamiento emocional (ansiedad, depresión).  

 

En humanos, estudios de neuroimagen correlacionan composiciones microbianas con volumen cerebral en ciertas regiones y conectividad funcional entre regiones emocionales, aunque la evidencia es todavía emergente.  

 

3.5 Microbiota y trastornos neuropsiquiátricos

 

 

La investigación sugiere que varias patologías mentales tienen una dimensión microbiana alterada: depresión, ansiedad, autismo, esquizofrenia, Parkinson, Alzheimer.  

 

Por ejemplo, pacientes con depresión (versus controles sanos) muestran menor diversidad microbiana, disminución en bacterias antiinflamatorias y alteraciones en rutas metabólicas del triptófano.  

 

En el caso del Parkinson, se ha sugerido que los síntomas gastrointestinales (como estreñimiento) preceden a los motores, y se ha planteado que agregados de α-sinucleína podrían generarse en el sistema entérico y propagarse hacia el cerebro vía el nervio vago.  

 

 

4. Inflamación de bajo grado y neuroinflamación: puentes invisibles hacia tus emociones

 

 

Una de las rutas más críticas por las que el intestino puede “alterar” tu mente es mediante procesos inflamatorios crónicos de intensidad moderada.

 

 

4.1 Origen de la inflamación “silenciosa”

 

La disbiosis y la permeabilidad intestinal permiten la translocación de microbios o moléculas microbianas (por ejemplo LPS) al torrente sanguíneo, activando receptores inmunitarios en tejido periférico e inducir producción de citoquinas proinflamatorias.

 

Este estado inflamatorio sistémico persistente no es tan intenso como la inflamación de una infección aguda, pero a lo largo del tiempo tiene efectos acumulativos.

 

4.2 Señalización inflamatoria a nivel cerebral

 

 

Las citoquinas proinflamatorias pueden cruzar la barrera hematoencefálica (o inducir cambios en su permeabilidad), activar la microglía y promover un estado de neuroinflamación local.  

 

La microglía activada puede liberar radicales libres, citocinas locales o modificar la sinapsis neuronal, afectando la plasticidad sináptica, la transmisión glutamatérgica/GABAérgica y el metabolismo energético neuronal.

 

La neuroinflamación se ha relacionado con síntomas de fatiga, “niebla mental”, anhedonia, letargo y depresión.

 

 

4.3 Interacción con el estrés crónico y el eje HPA

 

El estrés persistente estimula el eje HPA, elevando niveles de cortisol. A largo plazo, esto puede inducir resistencia a glucocorticoides (receptores menos sensibles), generar daño neurálgico (particularmente en el hipocampo) y perpetuar la inflamación.

 

La retroalimentación entre inflamación periférica e hipercortisolismo puede “bloquear” los mecanismos de regulación homeostática, favoreciendo estados de desequilibrio emocional sostenido.

 

 

4.4 Biomarcadores y estudios humanos

 

En estudios clínicos con depresión, se han encontrado niveles elevados de proteína C reactiva (PCR), IL-6, TNF-α e IL-1β comparados con controles sanos.

 

También hay correlaciones entre niveles de inflamación y severidad de síntomas depresivos o de ansiedad.

 

Sin embargo, no toda inflamación en individuos sanos implica enfermedad mental: lo clave es la duración, el contexto, la resistencia del sistema regulador y la vulnerabilidad individual.

 

 

5. Cómo “regularte desde el intestino”: estrategias basadas en evidencia

 

 

Ahora bien, ¿qué puedes hacer para modular este eje intestino-cerebro y nutrir tu salud emocional desde el “centro”? A continuación te dejo un compendio con estrategias prácticas respaldadas por la literatura:

 

 

5.1 Nutrición y alimentación funcional

 

5.1.1 Fibra prebiótica y carbohidratos fermentables

 

Alimentos ricos en fibra soluble / fermentable (inulina, FOS, GOS, almidón resistente) favorecen bacterias beneficiosas productoras de SCFAs.

 

Estudios en modelos animales han demostrado efectos ansiolíticos/antidepresivos al suplementar con GOS o FOS: menores niveles de cortisol, mejor comportamiento en pruebas de laberinto, más expresión de BDNF en hipocampo.  

 

En humanos, algunos ensayos sugieren mejora en el perfil de estrés subjetivo con prebióticos, aunque la magnitud del efecto es moderada.  

 

 

5.1.2 Alimentos fermentados con probióticos naturales

 

Kéfir, yogur natural sin azúcares añadidos, chucrut sin pasteurizar, kimchi, kombucha (en cantidades moderadas) pueden aportar cepas vivas que interactúan con la microbiota residente.

 

Algunas revisiones sugieren beneficios para el estado de ánimo, pero los resultados dependen mucho de la cepa, dosis y duración.  

 

 

5.1.3 Dieta rica en polifenoles, antioxidantes y micronutrientes

 

Frutas, verduras, cacao puro, té verde, nueces, especias (cúrcuma, jengibre) aportan polifenoles que modulan la microbiota y tienen efectos antiinflamatorios.

 

Micronutrientes como el magnesio, vitamina D, vitaminas del complejo B (especialmente B6, B12, folato) también son esenciales para la síntesis de neurotransmisores.

 

 

5.1.4 Evitar alimentos procesados y proinflamatorios

 

Los azúcares refinados, grasas trans, productos ultraprocesados, aditivos y colorantes pueden favorecer disbiosis, inflamación y permeabilidad intestinal.

 

Reducir el consumo de alimentos con alto índice glucémico puede evitar picos de insulina e inflamación metabólica que impacta la señalización neuronal.

 

 

5.2 Suplementos con precaución (siempre supervisado)

 

Probióticos específicos: algunas cepas (por ejemplo Lactobacillus rhamnosus JB-1, Bifidobacterium longum, Lactobacillus plantarum) han mostrado efectos ansiolíticos o antidepresivos en modelos animales y ensayos preliminares en humanos.  

 

Prebióticos: dosis bien dosificadas de GOS o FOS han sido usadas para influir positivamente la respuesta al estrés.

 

Postbióticos: metabolitos microbianos purificados (como ácido butírico, ciertos péptidos) podrían ofrecer beneficios modulando inflamación intestinal, aunque en humanos aún hay pocos estudios controlados.

 

Adaptógenos y hierbas antiinflamatorias: ashwagandha, holy basil, reishi, cúrcuma, jengibre, regaliz, aloe fermentado pueden modular el eje HPA o inflamatorio. Su uso debe ser supervisado, sobre todo si hay condiciones médicas o tratamientos concomitantes.

 

Compuestos digestivos suaves: enzimas digestivas, extractos herbales (menta, jengibre, diente de león) pueden aliviar disconfort digestivo y favorecer una digestión más fluida, lo que puede reducir el estrés intestinal.

 

 

5.3 Hábitos de estilo de vida

Gestión del estrés: prácticas como meditación, respiración diafragmática, yoga, atención plena (mindfulness) ayudan a “calmar” el eje HPA y a reducir la activación nerviosa que impacta el intestino.

 

Dormir bien y suficiente: la privación de sueño favorece la disbiosis, altera la señalización inmune/inflamatoria y reduce la plasticidad cerebral.

 

Ejercicio regular: actividad física moderada mejora la diversidad de la microbiota, reduce la inflamación y facilita la producción de metabolitos beneficiosos.

 

Exposición al entorno natural: el contacto con microbiomas ambientales saludables (suelo, plantas, bosque) puede reforzar la diversidad microbiana del organismo.

 

Evitar uso innecesario de antibióticos, fármacos antiinflamatorios o sustancias que dañen la mucosa intestinal, salvo indicación médica.

 

Apoyo emocional / psicológico: hablar, procesar emociones, terapia cognitiva/emocional sigue siendo fundamental; estas terapias pueden “aprovechar” un intestino más sano para obtener mejores resultados.

 

 

 

6. Un modelo integrador: cómo “pensar” el proceso emocional desde el intestino

 

Para ayudarte a visualizar cómo estos procesos pueden manifestarse en la vida cotidiana, aquí va un ejemplo hipotético paso a paso:

 

1. Sabes que estás bajo estrés constante (labores, preocupaciones, exigencia).

 

2. Eso activa tu eje HPA, elevando cortisol y liberando señales que pueden afectar tu motilidad intestinal, secreciones y flujo sanguíneo local.

 

3. Por efecto del estrés, puedes tener hábitos alimentarios menos saludables (menos fibra, más ultraprocesados) o dormir menos.

 

4. La dieta pobre, el sueño alterado y el estrés favorecen la disbiosis intestinal (menos bacterias benéficas, más bacterias potencialmente agresivas).

 

5. La barrera intestinal puede comprometerse, permitiendo la entrada de moléculas microbianas (LPS) o productos inflamatorios al torrente sanguíneo.

 

6. Esto activa respuestas inmunes sistémicas que liberan citoquinas proinflamatorias.

 

7. Estas citoquinas, junto a metabolitos desfavorables, pueden cruzar hacia el cerebro, inducir neuroinflamación, alterar neurotransmisores y afectar la neuroplasticidad.

 

8. Como resultado, comienzas a sentirte más irritable, ansioso, fatigado cognitivamente, con estados de ánimo inestables.

 

9. Esa alteración emocional puede retroalimentarse hacia malos hábitos (menos apetito, más estrés, peor sueño), perpetuando el ciclo.

 

Tomando acciones en cualquiera de esos puntos (alimentación, sueño, microbiota, manejo de estrés) es posible “desactivar” o modular el ciclo hacia un estado más saludable emocionalmente.

7. Límites, controversias y retos en el campo

 

Es importante reconocer que, aunque este campo es fascinante y prometedor, enfrenta varios desafíos:

 

Muchos hallazgos aún provienen de modelos animales, cuyo grado de traducción a humanos no siempre es claro.

 

Los ensayos clínicos humanos con probióticos o prebióticos tienen alta heterogeneidad: diferentes cepas, dosis, duración, poblaciones, lo que hace difícil generalizar resultados.

 

La causalidad puede ser difícil de establecer: ¿el cambio microbiano causa un trastorno emocional, o el estado emocional (y sus efectos hormonales/inmunes) remodela la microbiota? Es probable que la relación sea bidireccional.

 

Gran variabilidad interindividual: genética, dieta, estilo de vida, medicamentos, contexto psicosocial modulan fuertemente las respuestas del eje intestino-cerebro.

 

Riesgo de sobregeneralización: no todo malestar emocional proviene del intestino. Las causas son multifactoriales (psicológicas, sociales, genéticas).

 

Seguridad: usar cepas probióticas no supervisadas, dosis altas de suplementos o adaptógenos sin control puede generar efectos adversos en personas vulnerables.

 

Necesidad de biomarcadores confiables: medir “salud intestinal emocional” requiere marcadores de permeabilidad, inflamación, perfiles microbianos funcionales, y aún no hay estándares universales.

 

No obstante, revisiones recientes subrayan el potencial terapéutico de intervenciones dirigidas a la microbiota como “psicobióticos” y el paso de la investigación básica a aplicaciones médicas es un área de gran crecimiento.  

8. Conclusión: el intestino como base para una vida emocional saludable

 

Tu mente no está aislada de tu cuerpo. Tus emociones más profundas emergen, en parte, de un diálogo constante entre el intestino, la microbiota, el sistema inmunológico y el cerebro.

 

Cuidar tu digestión, alimentar una microbiota diversa, reducir la inflamación y acompañar tus emociones con consciencia no son acciones separadas: son capas de un mismo entramado. Aquello que puede parecer “solo emocional” muchas veces comienza, o al menos se ve profundamente modulado, desde lo más “invisible” de ti: tu intestino.

 

 

Si quieres saber más del tema, te dejamos las referencias utilizadas: 

 

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