El cuerpo como ecosistema, no cómo máquina

El cuerpo como ecosistema, no cómo máquina

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1. Del paradigma mecánico al organismo relacional


Durante siglos, el cuerpo humano fue interpretado bajo el paradigma mecanicista de René Descartes: un conjunto de partes separadas que podían analizarse, repararse o reemplazarse.

Esa visión permitió el avance de la anatomía y la medicina moderna, pero también fragmentó nuestra comprensión de lo humano: convertimos la salud en mantenimiento, y el cuerpo en máquina.


Hoy la biología contemporánea propone otra narrativa: el cuerpo no es una estructura aislada, sino un ecosistema dinámico compuesto por múltiples especies, señales químicas y circuitos de retroalimentación.

Tu salud no depende solo de tus genes, sino de las redes de comunicación simbiótica que te habitan (Gilbert et al., 2012).



 2. El cuerpo como bioma: 70% de nosotros no somos “nosotros”


El cuerpo humano alberga más células microbianas que humanas, se estima una proporción de 1,3:1,  distribuidas principalmente en el intestino, la piel y las mucosas (Sender et al., 2016).

Este conjunto de microorganismos conforma el microbioma humano, un ecosistema metabólicamente activo que influye en la digestión, el sistema inmunológico, el estado de ánimo y la regulación hormonal.


Cada órgano es un hábitat microbiano.

El intestino, por ejemplo, alberga más de 500 especies bacterianas que modulan neurotransmisores como serotonina, dopamina y GABA 

Cuando la microbiota se altera por estrés, dieta o fármacos, se modifican también las señales neuronales y endocrinas.


El cuerpo, entonces, no es un conjunto de sistemas aislados, sino una comunidad interdependiente de organismos que se autorregulan constantemente.




 3. Adaptación, no control: el lenguaje de los adaptógenos


La biología ecológica nos recuerda que los ecosistemas prosperan no por rigidez, sino por adaptabilidad.

Los adaptógenos, plantas y hongos que aumentan la resistencia del cuerpo al estrés actúan bajo ese mismo principio.


Sustancias como la Rhodiola rosea, el Panax ginseng o el Reishi (Ganoderma lucidum) regulan el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), equilibrando la secreción de cortisol sin inhibirla por completo (Panossian & Wikman, 2010).

Su acción no busca suprimir síntomas, sino modular la respuesta fisiológica al entorno.


Este comportamiento se asemeja al de los sistemas ecológicos resilientes, capaces de absorber perturbaciones y reorganizarse sin colapsar.


Por eso los adaptógenos no “curan” de manera puntual: enseñan al organismo a adaptarse, devolviéndole su plasticidad.




4. La red viva: comunicación entre sistemas


Cada célula de tu cuerpo está inmersa en una red de señales bioquímicas y eléctricas.

El sistema nervioso, endocrino e inmunológico se comunican entre sí en un diálogo continuo conocido como psiconeuroinmunología (Ader, 2001).


Por ejemplo:

El estrés emocional altera la permeabilidad intestinal y modifica la microbiota.

Esa alteración intestinal produce citoquinas inflamatorias que afectan el estado de ánimo.

Y el cerebro, al interpretar el malestar, refuerza la respuesta del eje HPA.


Este bucle no es un fallo, es retroalimentación biológica: un lenguaje de ajuste fino que busca equilibrio, no perfección.




 5. Reequilibrar lo vivo: hacia una biología de la colaboración


En un ecosistema saludable, la diversidad garantiza estabilidad.

En el cuerpo, esa diversidad se traduce en microbiota equilibrada, flexibilidad metabólica y plasticidad neuronal.


La salud no debería entenderse como ausencia de enfermedad, sino como capacidad de adaptación sistémica.

Y en ese proceso, los adaptógenos, prebióticos y hongos funcionales actúan como mediadores ecológicos, restaurando comunicación entre sistemas desconectados.


El futuro del bienestar no está en la biooptimización, sino en la ecología interna: nutrir la relación entre los organismos que somos y los que nos habitan.




6. Volver a la biología de lo sensible


El cuerpo no necesita ser reparado: necesita ser escuchado.

Sus síntomas no son errores, son mensajes del ecosistema interno que busca autorregulación.


Cuidar el cuerpo no es mantener una máquina en marcha:

es cultivar un jardín microscópico, lleno de inteligencia, cooperación y vida invisible.



Si quieres saber  más del tema, te dejamos las referencias utilizadas: 


Ader, R. (2001). Psychoneuroimmunology. Academic Press.

Clarke, G., et al. (2013). “The microbiome–gut–brain axis during early life regulates the hippocampal serotonergic system in a sex-dependent manner.” Molecular Psychiatry, 18(6), 666–673.

Gilbert, S. F., Sapp, J., & Tauber, A. I. (2012). “A symbiotic view of life: We have never been individuals.” The Quarterly Review of Biology, 87(4), 325–341.

Panossian, A., & Wikman, G. (2010). “Effects of adaptogens on the central nervous system and the molecular mechanisms associated with their stress—protective activity.” Pharmaceuticals, 3(1), 188–224.

Sender, R., Fuchs, S., & Milo, R. (2016). “Revised estimates for the number of human and bacteria cells in the body.” PLoS Biology, 14(8), e1002533.

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